Drekto Manoférrea
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Drekto Manoférrea
Era una noche fría en las Karak-Ocho-Picos cuando el joven Drekto vió marchar a su padre y a su hermano por primera vez con los martilladores a la batalla. Sentía una mezcla de orgullo y miedo, miedo a perder a sus seres queridos. Así pasaron los años de este joven enano, viendo cómo su padre y su hermano iban a la guerra y volvían con una buena historia de orgullo y honor que contar. Un buen día, fueron destinados a la fortaleza Karak-Vlag, una fortaleza fronteriza que necesitaba refuerzos urgentemente. Como pasaron a ser miembros de la guardia de Karak-Vlag, decidieron llevarse a su familia, a Drekto y a su madre, Grindral. Tras un largo camino sin ningún incidente, llegaron al fuerte que defendía las puertas de la fortaleza. Tras un rutinario chequeo, entraron y fueron al alojamiento que les asignaron.
Los años pasaron con contínuos ataques de los orcos, que eran repelidos por los cañones que los ingenieros enanos trataban como si fuese su esposa. Drekto profesó una auténtica admiración a estos enanos, de los cuales dependía básicamente la defensa de la fortaleza. El Señor del Clan Manoférrea comandaba las fuerzas de la fortaleza, obligando a los guerreros a realizar duros trabajos para mantenerlos en forma y listos para el combate. Éste se dió rapidamente cuenta de las capacidades de Drekto, que desmontaba y volvía a montar fácilmente cualquier ingenio que le pusieran delante, ya fuese un fusil, un cañon o ¡incluso un girocóptero! Era tal su capacidad que con solo 50 años se decidió que fuese aprendiz ingeniero. Desde entonces se acabaron los juegos infantiles a los que estaba acostumbrado.
Un día trágico, un enorme WAAAAG! se reunió en torno a la fortaleza Karak-Vlag. Los defensores estaban tranquilos, dado que los cañones los mantendrían a distancia. Lo que no sabían era que unos extraños intrusos sabotearon todos y cada uno de los cañones, además de matar a los jefes ingenieros de la base. Cuando se dieron cuenta, ya era tarde para intentar solucionarlo. Decidieron retirarse por un viejo túnel hacia una posición más segura. Una vez todos dentro, derrumbaron la entrada, impidiendo que los orcos hiciesen daño a nadie ni que se llevasen ni un gramo de oro.
Camino a Karak-Ungor, se dieron cuenta de que faltaban muchos enanos. Sabían que no se podían haber perdido, por que no había otro camino y tanto en la vanguardia como en la retaguardia habia una fila de enanos asegurándose de que nadie se perdiese. Este hecho hizo que Manoférrea tomase posiciones de defensa. Al poco tiempo empezaron a escuchar un extraño ruido, cada vez más y más alto, hasta que vieron que sonaban a ratas. Manoférrea organizó a sus guerreros, dejando una pequeña guarnición con las mujeres y los niños. Cuando apareció el extraño enemigo, vieron que eran skaven, una raza maldita, una mezcla entre rata y hombre. Se lanzaron contra el muro formado por los enanos y lo único que consiguieron fue ser completamente exterminados. Temiendo una emboscada, los enanos continuaron su camino en formación de combate. Cuando ya llegaban a Karak-Ungor decidieron dejar ak ejercito en la retaguardia para defenderse a un posible ataque. Lo que no sabían es que habían asesinos escondidos, buscando a su objetivo, Manoférrea. Cuando empezaron a llegar a las puertas de la fortaleza, el grupo de asesinos inició su ataque. Sin que nadie se diese cuenta, llegaron hasta el Señor del Clan. Cuando se disponían a matarlo, un enano empujó a su señor, salvandolo de una muerte segura y avisando al resto del ejército. Cuando eliminaron a todos los asesinos, buscaron al héroe que había salvado a su señor, pero cuando lo encontraron, vieron cuan grande fue el precio que pagó por salvarlo. Había muerto.
Cuando Manoférra vió el cadáver, dió instrucciones precisas para que lo llevasen a la fortaleza para que lo enterrasen como lo que era, un héroe. Lo que no sabía es que un pequeño aprendiz lo vió todo. Vió cómo los skavens se colocaron detrás de su señor, y de cómo ese héroe le salvó la vida, su padre. Drekto sintió como una gran rabia le subia a la cabeza y se juró a sí mismo que no dejaría ninguna de esas malditas ratas con vida o moriría en el intento. El Señor del Clan lo adoptó, enseñándole todo lo que sabía sobre la estrategia y el mundo. Tras los funerales, solicitó la entrada en el ejército, cosa que le fué denegada hasta hace poco . . .
Los años pasaron con contínuos ataques de los orcos, que eran repelidos por los cañones que los ingenieros enanos trataban como si fuese su esposa. Drekto profesó una auténtica admiración a estos enanos, de los cuales dependía básicamente la defensa de la fortaleza. El Señor del Clan Manoférrea comandaba las fuerzas de la fortaleza, obligando a los guerreros a realizar duros trabajos para mantenerlos en forma y listos para el combate. Éste se dió rapidamente cuenta de las capacidades de Drekto, que desmontaba y volvía a montar fácilmente cualquier ingenio que le pusieran delante, ya fuese un fusil, un cañon o ¡incluso un girocóptero! Era tal su capacidad que con solo 50 años se decidió que fuese aprendiz ingeniero. Desde entonces se acabaron los juegos infantiles a los que estaba acostumbrado.
Un día trágico, un enorme WAAAAG! se reunió en torno a la fortaleza Karak-Vlag. Los defensores estaban tranquilos, dado que los cañones los mantendrían a distancia. Lo que no sabían era que unos extraños intrusos sabotearon todos y cada uno de los cañones, además de matar a los jefes ingenieros de la base. Cuando se dieron cuenta, ya era tarde para intentar solucionarlo. Decidieron retirarse por un viejo túnel hacia una posición más segura. Una vez todos dentro, derrumbaron la entrada, impidiendo que los orcos hiciesen daño a nadie ni que se llevasen ni un gramo de oro.
Camino a Karak-Ungor, se dieron cuenta de que faltaban muchos enanos. Sabían que no se podían haber perdido, por que no había otro camino y tanto en la vanguardia como en la retaguardia habia una fila de enanos asegurándose de que nadie se perdiese. Este hecho hizo que Manoférrea tomase posiciones de defensa. Al poco tiempo empezaron a escuchar un extraño ruido, cada vez más y más alto, hasta que vieron que sonaban a ratas. Manoférrea organizó a sus guerreros, dejando una pequeña guarnición con las mujeres y los niños. Cuando apareció el extraño enemigo, vieron que eran skaven, una raza maldita, una mezcla entre rata y hombre. Se lanzaron contra el muro formado por los enanos y lo único que consiguieron fue ser completamente exterminados. Temiendo una emboscada, los enanos continuaron su camino en formación de combate. Cuando ya llegaban a Karak-Ungor decidieron dejar ak ejercito en la retaguardia para defenderse a un posible ataque. Lo que no sabían es que habían asesinos escondidos, buscando a su objetivo, Manoférrea. Cuando empezaron a llegar a las puertas de la fortaleza, el grupo de asesinos inició su ataque. Sin que nadie se diese cuenta, llegaron hasta el Señor del Clan. Cuando se disponían a matarlo, un enano empujó a su señor, salvandolo de una muerte segura y avisando al resto del ejército. Cuando eliminaron a todos los asesinos, buscaron al héroe que había salvado a su señor, pero cuando lo encontraron, vieron cuan grande fue el precio que pagó por salvarlo. Había muerto.
Cuando Manoférra vió el cadáver, dió instrucciones precisas para que lo llevasen a la fortaleza para que lo enterrasen como lo que era, un héroe. Lo que no sabía es que un pequeño aprendiz lo vió todo. Vió cómo los skavens se colocaron detrás de su señor, y de cómo ese héroe le salvó la vida, su padre. Drekto sintió como una gran rabia le subia a la cabeza y se juró a sí mismo que no dejaría ninguna de esas malditas ratas con vida o moriría en el intento. El Señor del Clan lo adoptó, enseñándole todo lo que sabía sobre la estrategia y el mundo. Tras los funerales, solicitó la entrada en el ejército, cosa que le fué denegada hasta hace poco . . .
Última edición por Drekto el Jue Oct 02, 2008 4:42 pm, editado 1 vez

Drekto- Cabo

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Re: Drekto Manoférrea
Segunda Parte
El ruido de las botas sonaba desde kilómetros y kilómetros de túneles, alertando a cualquier posible enemigo de una gran fuerza, una fuerza capaz de aplastar a cualquier enemigo, el ejército del Señor del Clan Manoférrea. En las primeras filas avanzaban con sus armaduras brillantes y sus grandes martillos la elite enana, los martilladores. Tras ellos, se hallaban los rompehierros, atronadores y una hueste de guerreros enanos. Entre los atronadores, había un joven enano, más joven de lo usual, con la mirada perdida. Drekto por fin iba en marcha con el ejército, dispuesto para poner en un buen lugar el apellido Puñoférreo que había tomado. Pero tenía otra resolución aún mayor, defender su tierra natal. El ejército marchaba a Karak-Ocho-Picos a marchas forzadas por que se había avistado una ingente hueste de orcos en las cercanías, un Waaaagh! tan grande que las grises laderas se convertían en verdes hervideros de sangrientas rencillas.
El ejército enano llego lo suficientemente pronto como para poder asentarse, preparar las defensas y descansar. Drekto, junto a otros, se dedico a montar los grandes cañones en las torres, limpiando y lubricando todo para que estuviesen listos para la batalla. Temiendo que pasase lo mismo que en Karak-Vlag, Manoférrea asignó a varios aprendices para que gritasen ante cualquier problema, ya fuese un skaven o una simple rata de alcantarilla. Esta vez, no huirían. Al día siguiente de haber llegado, el suelo tembló. El horizonte se volvió verde y pudieron ver a su enemigo, los pieles verdes.
En cuanto se pusieron a tiro, empezó la diversión. Los cañones escupían sobre el Waaaagh! tanto, que los orcos no podían acercarse. Los enanos dentro de la fortaleza se confiaron, pensando que nada podría ayudar a los orcos, pero no despreocuparon la vigilancia en los cañones. Pero no se espararon que un mero chamán goblin tuviese el inmenso poder de destruir sus defensas. Los sorprendidos enanos corrieron a tapar el hueco que había en la muralla, pero era demasiado grande. Los orcos, viendo la devastación generada, corrieron al ataque, sobrepasando las defensas enanas e iniciando una gran masacre. Manoférrea ordenó a sus tropas replegarse a la muralla interior, desde donde aguantarían hasta que pudiesen llegar refuerzos. Envió varios mensajeros a Karaz-a-Karak para pedir ayuda, pero ya era muy tarde. Mientras todo esto sucedía, Drekto vivía su primera batalla, sus primeras muertes, sus primeras perdidas de amigos y compañeros, el terror y la euforia que todo esto generaba.
Cuando escuchó el toque de retirada vió que estaba todo perdido. Asustado, se escondió en un túnel, esperando pasar desapercibido y poder huir. Lo que no sabía era que su señor y tutor lo había visto y, con gran pesar, ordenó que lo trajeran aunque fuera a la fuerza. Cuando lo trajeron ante él, lo único que dijo fue:
- ¿Por que deshonras mi nombre y el de tu padre? ¿Cómo puedes creer que escondiendote se solucionarán las cosas? Si sobrevives a esta batalla, creeme, serás expulsado del ejército y nunca más ensuciarás mi nombre.
Drekto se quedó mudo de vergüenza, había permitido que el miedo se apoderase de él y ahora no era más que escoria. Al día siguiente, estaba en primera línea de batalla, con los ojos de todos los suyos puestos en su espalda, esperando a ver si huía o no. No, no les daría ese gusto. Lucharía como debió haber echo el día anterior, con orgullo y valor. Cuando derribaron la puerta, los orcos entraron en masa y empezó la batalla. Todo el ejército enano fue exterminado, excepto Drekto, que sobrevivió en extrañas circunstancias. Hay quien cree que Valaya lo protegió para llevar a cabo futuras gestas, otros dicen que fue derribado y dado por muerto. No se sabe muy bien que paso en esa jornada, sólo que los orcos tomaron Karak-Ocho-Picos, la hasta entonces invencible fortaleza.
Drekto consiguió huir, y se hizo mercenario, luchando por unas monedas. Decidió utilizar sus habilidades para mejorar su vida, no para defender estúpidos derechos o vengar agravios antigüos. Tras algunos años ayudando a pequeñas aldeas, haciendo de guía o protegiendo caravanas, un día se topó con algo importante, unos elfos oscuros portando un cofre bastante grande. Con la avaricia en sus ojos, apuntó e inició el combate, el problema es que no vió a la comitiva. Cuando fue demasiado tarde, ya estaban encima suya. Lo último que recordó fue a una especie de cazador de brujas matando a esos perros elfos.
El ruido de las botas sonaba desde kilómetros y kilómetros de túneles, alertando a cualquier posible enemigo de una gran fuerza, una fuerza capaz de aplastar a cualquier enemigo, el ejército del Señor del Clan Manoférrea. En las primeras filas avanzaban con sus armaduras brillantes y sus grandes martillos la elite enana, los martilladores. Tras ellos, se hallaban los rompehierros, atronadores y una hueste de guerreros enanos. Entre los atronadores, había un joven enano, más joven de lo usual, con la mirada perdida. Drekto por fin iba en marcha con el ejército, dispuesto para poner en un buen lugar el apellido Puñoférreo que había tomado. Pero tenía otra resolución aún mayor, defender su tierra natal. El ejército marchaba a Karak-Ocho-Picos a marchas forzadas por que se había avistado una ingente hueste de orcos en las cercanías, un Waaaagh! tan grande que las grises laderas se convertían en verdes hervideros de sangrientas rencillas.
El ejército enano llego lo suficientemente pronto como para poder asentarse, preparar las defensas y descansar. Drekto, junto a otros, se dedico a montar los grandes cañones en las torres, limpiando y lubricando todo para que estuviesen listos para la batalla. Temiendo que pasase lo mismo que en Karak-Vlag, Manoférrea asignó a varios aprendices para que gritasen ante cualquier problema, ya fuese un skaven o una simple rata de alcantarilla. Esta vez, no huirían. Al día siguiente de haber llegado, el suelo tembló. El horizonte se volvió verde y pudieron ver a su enemigo, los pieles verdes.
En cuanto se pusieron a tiro, empezó la diversión. Los cañones escupían sobre el Waaaagh! tanto, que los orcos no podían acercarse. Los enanos dentro de la fortaleza se confiaron, pensando que nada podría ayudar a los orcos, pero no despreocuparon la vigilancia en los cañones. Pero no se espararon que un mero chamán goblin tuviese el inmenso poder de destruir sus defensas. Los sorprendidos enanos corrieron a tapar el hueco que había en la muralla, pero era demasiado grande. Los orcos, viendo la devastación generada, corrieron al ataque, sobrepasando las defensas enanas e iniciando una gran masacre. Manoférrea ordenó a sus tropas replegarse a la muralla interior, desde donde aguantarían hasta que pudiesen llegar refuerzos. Envió varios mensajeros a Karaz-a-Karak para pedir ayuda, pero ya era muy tarde. Mientras todo esto sucedía, Drekto vivía su primera batalla, sus primeras muertes, sus primeras perdidas de amigos y compañeros, el terror y la euforia que todo esto generaba.
Cuando escuchó el toque de retirada vió que estaba todo perdido. Asustado, se escondió en un túnel, esperando pasar desapercibido y poder huir. Lo que no sabía era que su señor y tutor lo había visto y, con gran pesar, ordenó que lo trajeran aunque fuera a la fuerza. Cuando lo trajeron ante él, lo único que dijo fue:
- ¿Por que deshonras mi nombre y el de tu padre? ¿Cómo puedes creer que escondiendote se solucionarán las cosas? Si sobrevives a esta batalla, creeme, serás expulsado del ejército y nunca más ensuciarás mi nombre.
Drekto se quedó mudo de vergüenza, había permitido que el miedo se apoderase de él y ahora no era más que escoria. Al día siguiente, estaba en primera línea de batalla, con los ojos de todos los suyos puestos en su espalda, esperando a ver si huía o no. No, no les daría ese gusto. Lucharía como debió haber echo el día anterior, con orgullo y valor. Cuando derribaron la puerta, los orcos entraron en masa y empezó la batalla. Todo el ejército enano fue exterminado, excepto Drekto, que sobrevivió en extrañas circunstancias. Hay quien cree que Valaya lo protegió para llevar a cabo futuras gestas, otros dicen que fue derribado y dado por muerto. No se sabe muy bien que paso en esa jornada, sólo que los orcos tomaron Karak-Ocho-Picos, la hasta entonces invencible fortaleza.
Drekto consiguió huir, y se hizo mercenario, luchando por unas monedas. Decidió utilizar sus habilidades para mejorar su vida, no para defender estúpidos derechos o vengar agravios antigüos. Tras algunos años ayudando a pequeñas aldeas, haciendo de guía o protegiendo caravanas, un día se topó con algo importante, unos elfos oscuros portando un cofre bastante grande. Con la avaricia en sus ojos, apuntó e inició el combate, el problema es que no vió a la comitiva. Cuando fue demasiado tarde, ya estaban encima suya. Lo último que recordó fue a una especie de cazador de brujas matando a esos perros elfos.
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Drekto- Cabo

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Re: Drekto Manoférrea
Drekto, como ya te dije no me había leído aún la segunda parte de tu historia y por ello no había comentado.
Te está quedando bastante bien y me está gustando, así que te animo a continuarla
Si quieres esta respuesta la puedo borrar cuando pongas la tercera parte
Te está quedando bastante bien y me está gustando, así que te animo a continuarla
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Raymond- General

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Re: Drekto Manoférrea
Me gusta mucho el tema de que Drekto se acobardase, un personaje es más interesante si tiene buenos defectos.
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Wulfdrem- Cabo

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